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La Perra Sabia

  • Foto del escritor: La Perra Sabia
    La Perra Sabia
  • 10 mar 2022
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 5 abr 2022

Tengo la costumbre de observar la naturaleza y hacerme preguntas sobre su cotidianidad, a veces incluso entro en un loop de pensamientos en los que el absurdo me regala un poco de sabiduría.

Cuando veo a un pajarito yendo de árbol en árbol, me pregunto si sabrá que hoy es domingo, si estará en su día de descanso o incluso si el concepto "fin de semana" existirá en su mente, si le habrá cogido la tarde para madrugar, si le gustan los de su mismo género o los del opuesto y si en su familia lo aceptan así, incluso me he llegado a preguntar si se siente infravalorado por la loable labor que realiza diariamente de esparcir semillas en su popó sin que nadie le ofrezca un pago o por lo menos le agradezca… Estos pensamientos acerca de cualquier animal que esté observando siempre terminan revelándome que la única que puede hacerse estas preguntas “i-rracionales" soy yo como humana, y que incluso los únicos que podemos sufrir por estas mismas cuestiones somos nosotros como especie que ha naturalizado cientos de aprendizajes que en lugar de hacernos mas felices y funcionales, nos han hecho mas miserables y auto destructivos.

Cómo es posible que un animal con un cerebro mucho más pequeño que el nuestro sea capaz de tener una vida en términos absolutos, más tranquila que la nuestra? No sería un mínimo esperable que nuestra evolución cognitiva como seres humanos nos tuviera en un estadio de consciencia mas alto o que por lo menos tuviéramos más herramientas que ellos para sufrir menos, estar en paz con otros y con nosotros mismos?

A mis perras nunca las he visto sentirse miserables por llegar a la mediana edad sin pareja o hijos ni por ser solteronas que despiertan día tras día con sus hermanas, a las aves nunca las he visto sufrir porque los machos son vistosos, floripondios y llenos de decorados, mientras las hembras son simples y “desabridas”, nunca he visto a una oropéndola sentirse orgullosa por hacer un nido del triple del tamaño que sus miserables pares.

Los animales siempre se nos revelan en su justa medida, sin excesos, y sin frustraciones, no temen ser demasiado amorosos cuando lo sienten y gruñen cuando requieren poner límites. Hasta donde sé, no tienen coaches que les motiven a salir de su zona de confort, no se sienten estancados y tampoco van a terapia para superar su "aburridora monotonía" y por el contrario hacen de sus rutinas rituales sagrados que los mantienen enérgicos y llenos de vida todo el tiempo. La naturaleza además carece de estereotipos y paradigmas y por el contrario disfruta la diversidad, los animales se pelean y defienden su territorio, pero no guardan el resentimiento para después conformar ejércitos y vengar su honor. Cómo es que estamos rodeados de tanta sabiduría, pero seguimos mirando nuestro ombligo y preocupándonos por estupideces que nosotros mismos hemos creado?

Por eso cada vez que me invade la tristeza o el desánimo, procuro alejarme de esta burbuja social y re-conectarme con mi esencia observando como actúa mi perra, pongo la historia que ha creado mi mente en la cabeza de ella, recreando que pensaría y cómo actuaría si estuviera pasando por lo mismo que yo. Esta despersonalización me libera de aprendizajes que descubro no son propios y que nos han agregado capas de normas y deberes, haciéndonos humanos disfuncionales que crean cada vez más trampas para alejarnos de lo sencillo que es sentirse pleno y feliz. Al terminar mi disertación con ella, que no ha modulado palabra y solo me mira con compasión, le doy un beso y pienso: ¡Ah Perra sabia la mía!





 
 
 

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